domingo, 29 de julio de 2012

Crude sunlight (Phil Tucker)

El auge del e-book ha traido consigo -junto con todo tipo de predicciones agoreras por parte de los dinosaurios editoriales- la aparición de nuevos modelos de publicación más flexibles (un entusiasta de la sociedad digital, no es mi caso, diría "democráticos"). En la práctica, me refiero a la posibilidad por parte de los autores de publicar sus obras en formato digital, prescindiendo de los habituales y engorrosos filtros -para empezar, aunque no siempre, el filtro de la calidad- en las webs de mayoristas de la publicación como Amazon. Así descubrí yo esta novela, buscando en Amazon.es por la etiqueta "Silent Hill", con la esperanza de encontrar alguna obra -siquiera perteneciente a la controvertida etiqueta de la fanfiction- que trasladara a la tinta electrónica de mi Kindle las deleitables pesadillas tantas veces sufridas al mando de la videoconsola. Antes de seguir, aclarar que este libro no tiene nada que ver con tan ilustre (si bien en los últimos años venida a menos) saga de videojuegos, pero, gracias al sistema de afinidad del buscador de Amazon, que arroja resultados, digamos, "colaterales", es posible descubrir de vez en cuando alguna joya inesperada. Como este Phil Tucker, autor amateur que no tiene nada que envidiar a algunos de los consagrados que venden espantillones de ejemplares de cualquier cosa que lleve su nombre, frecuentemente en letras doradas, en la portada (sí, lo han adivinado, me estoy refiriendo a Stephen King).

Crude sunlight es una novela de terror más o menos convencional en su planteamiento (no en vano el terror es uno de los géneros más conservadores y reacios a cambios y revoluciones, tan atávico como corresponde a los materiales que lo inspiran), pero que ejecuta los viejos trucos de siempre con notable temple y habilidad, despertando un buen puñado de escalofríos a lo largo de sus nada infladas páginas (es un decir, cuando se está leyendo en una pantalla). La trama se centra en un exitoso workaholic radicado en New York que debe pasar unos días en Buffalo para recoger las pertenencias de su hermano menor, desaparecido unas semanas antes, y dado ya por perdido. Inspeccionando su apartamento de universitario descubre unas cintas de vídeo que reportan nocturnas incursiones del joven, junto con dos o tres amigos, en edificios abandonados (esa modalidad de exploración urbana tan de moda entre jovenzuelos aburridos ávidos de emociones fuertes). En estas cintas, Thomas (el yuppie en cuestión) atisba cosas que no deberían estar ahí... E, intrigado (y dominado por un creciente sentimiento de culpa por haber abandonado a su hermano), inicia una investigación; de la que el primer paso obvio será contactar al resto de personas que aparecen en esos vídeos (un antiguo amigo, una medio-novia de dudosa fidelidad), a quienes encuentra en diversos estados de estupor, cada uno lidiando a su manera con las secuelas de lo-que-fuera-que-sucedió-ahí-abajo... Y, junto a ellos, volver al lugar de los hechos, los inmensos subterráneos (todo un reino espeluznante de sombras y tinieblas) del abandonado hospital psiquiátrico tan imprecisamente retratado en las cintas...

Como pueden ver, los elementos del terror se alinean de manera gozosamente previsible, preparando el ánimo del lector curtido para la ración de escalofríos que se le viene encima... Que es lo que, inexorablemente, sucede. A la hora de valorar un género tan sometido a fórmulas como éste, lo importante no es tanto el qué, sino el cómo... Y, en ese sentido, hay que decir que este Crude sunlight hace las cosas con indudable eficacia, con ritmo pausado pero nunca lento, e incluso, por qué no decirlo, con una sobria elegancia. Un elemento fundamental del género, la atmósfera, brilla aquí con luz propia -mejor sería decir con tonos adecuadamente sombríos-, generando un escenario que, aun en los espacios comunes del día a día, se muestra cargado de una tristeza casi mórbida, una desasosegante ausencia de refugio. A ello contribuyen los dramas personales del protagonista, que, aun manidos, dan a éste su paseo por el lado oscuro un carácter aún más desesperado, teñido de tonos existenciales. Este elemento, esta mezcla de elementos (terror + tristeza) es, curiosamente, la fórmula magistral del éxito de la franquicia Silent Hill, en la que uno nunca sabe si debe temer más a los monstruos de fuera que a los de dentro (los de dentro de la mente de sus personajes, aparentemente normales)... Quizá no sea tan casual que encontrara este libro, al fin y al cabo.

El resto es una sucesión de escenas bien equilibradas entre lo sobrenatural y lo costumbrista, donde sobresalen un par de imágenes bastante cinematográficas (y adecuadamente espantosas), junto con la inevitable (si bien en este caso aligerada) investigación en torno a los orígenes históricos del mal que parece atraer a las sombras a este puñado de seres desarraigados, confusos, tan fáciles de tentar por una no-existencia que promete suavizar y finalmente oscurecer sus miserias... Todo ello envuelto en el frío invierno de una ciudad mediana, provinciana a ojos de un neoyorquino, que ofrece poco refugio a los muy palpables terrores, los de la muerte y los de la vida, que acechan desde los desconocidos subterráneos plagados de presencias que se niegan a desvanecerse, hasta la ciudad dejada atrás donde una mujer rota espera que un hombre tome una decisión, y que esa decisión no los separe definitivamente...

Vida y muerte, en suma, la una no menos temible que la otra. Un buen esfuerzo, el de este Phil Tucker al que, tras la lectura de este libro, cuesta colgarle la etiqueta de amateur. Quién sabe, quizá no tarde mucho en mojarle la oreja, desde las letras de oro de sus propios libros editados por fin en papel, a tanto pope sagrado del género...

jueves, 19 de julio de 2012

Curso de Librería (Fernando San Basilio)

A veces, una novela deliberadamente pequeña puede darnos una satisfacción insospechada. No crecer más allá de los límites que alegre, desacomplejadamente asume, sino regocijarnos en su pequeño, pulcro y bien construido universo. Así sucede con este Curso de Librería, del joven Fernando San Basilio, novela tan inefablemente simpática como irresistiblemente amarga. Una tragicomedia de bordes acolchados, escrita -y leída- con ligereza, que, sin elevarse nunca de su propuesta inicial, despierta en el lector una sonrisa que se mantiene con solvencia hasta la última página.

El argumento es simple, casi minimalista, y se circunscribe a un tiempo (los meses escasos que dura un curso de formación ocupacional de la Comunidad de Madrid), un escenario (la vulgar academia donde se imparte y las calles adyacentes del tan conocido, tan literario centro de la capital) y unos personajes (el disparatado grupo de desempleados de variado pelaje y condición que, no teniendo nada mejor que hacer, integran un alumnado perezoso, incomprensiblemente renuente a formarse en una profesión tan prometedora y llena de prestigio social como la de librero). Y he aquí el absurdo irresistible, esencial que lo envuelve todo: nos encontramos ante un curso de formación ocupacional que trata de formar a sus alumnos en algo que, por un lado, no es una profesión sino un oficio, que por tanto no se puede enseñar (no al menos de manera reglada), y, además, y sobre todo, no da absolutamente (absolutamente) ningún acceso al mundo laboral. Justo como cierta carrera universitaria de la que no quiero acordarme...

Sin embargo, los muy diversos módulos y micromódulos, visitas guiadas y demás lecciones, teóricas o prácticas, que a duras penas consiguen maquillar el vacío esencial de la materia en cuestión, serán impartidas con ampulosidad y grandilocuencia, las más altisonantes promesas por parte del parco profesorado- dos personas no menos desubicadas, no menos losers, no menos entrañables que los parados casi vocacionales a los que tratan de enseñar- que pastorean, por decir algo, este grupo inverosímil, sin mayor característica en común que la de coincidir en ese minúsculo, insignificante punto del espacio, el tiempo y la condición laboral. Como cualquier grupo humano, por otra parte, que haya sido reunido por los débiles hilos del azar.

Ese carácter azaroso, unido a una creciente sensación de absurdo, conforman la textura fundamental que envuelve estas páginas. Cualquier lector (cualquiera, al menos, que no haya abandonado los estudios demasiado pronto) reconocerá perfectamente esa sensación, que le traerá a la memoria tardes interminables dormitando en un aula, arrullado por el mar de fondo de las palabras de este o aquel docente, despertando de vez en cuando sólo para preguntarse, inevitablemente, qué c*****s está haciendo allí, qué sentido tiene aprender tal o cual conjunto de memeces, qué sentido tiene, al cabo, la vida entera...

Quizá esté exagerando (sólo quizá), pero lo que quiero poner de manifiesto es lo bien que refleja este libro ese halo de absurdo que nos acompaña y se nos pega a la piel y es parte fundamental de nuestra existencia durante la época de formación (de formación reglada, quiero decir, porque la otra dura toda la vida). Ese simulacro de aprendizaje, esa farsa consentida a la que alegremente se entregan estos parados no demasiado convencidos, en el fondo, de querer dejar de serlo. Otro elemento inmejorablemente reflejado es precisamente el casting de personas tan distintas, que abarcan todo el amplio espectro del desempleo, y que sólo un aula de formación ocupacional podría reunir -brevemente- bajo un mismo techo. Esa leve hilazón se deja sentir en las muy laxas relaciones que se establecen entre ellos durante esos pocos meses, que, al acabar, no dejan huella en casi ninguno de los protagonistas, si acaso un levísimo poso de melancolía con que el narrador -quizá el único actor realmente convencido de su papel en ese teatro de las apariencias- cierra las últimas páginas.

El resto es nada, menudencias, hechos cotidianos, vida apenas. Nada importante sucede en esos meses, ni grandes aventuras, ni tristezas inenarrables, ni amores más grandes que la vida... Ni siquiera la muerte, cuando hace su aparición, consigue desprenderse de ese aire de levedad, casi de chiste. Todo se cuenta, en resumen, tal cual es, sin maquillajes ni afeites. Es esa honradez esencial, unida a la irresistible, subterránea comicidad de la narración (salpimentada por unas pocas gotas de ternura, ternura hacia ese grupo de desarrapados y parias varios) lo que hace de ésta, si no una lectura inolvidable, sí una experiencia más que satisfactoria. Prolongada, intuyo, en las dos obras siguientes de San Basilio, Mi gran novela sobre La Vaguada y El joven vendedor y el estilo de vida fluido, en las que un protagonista innominado (como el de Curso de Librería) prosigue su errático caminar por la vida como librero y eterno aspirante a escritor...

Algo que, menuda casualidad, también me suena.


El autor, tan ancho


jueves, 21 de junio de 2012

Bosque Mitago (Robert Holdstock)

Existe sin duda una categoría de historias más grandes que la vida, que permanecen fielmente ancladas en el recuerdo del lector pese al tiempo transcurrido desde la primera vez que incursionó en sus territorios. Son por lo general historias de aventuras, de viajes que devienen odiseas, de duros aprendizajes a base de sangre y lágrimas, de amores que sobreviven incluso a la muerte. Elementos universales, dotados de la fuerza del mito, que nos rescatan de la mediocridad del día a día para enlazarnos por unas felices horas con la capacidad connatural a la especie para alumbrar leyendas. Y, vaya, acabo de definir este Bosque Mitago, en cuyas verdes frondosidades ya me extravié hace más de veinte años, para volver a recorrerlas gozosamente ahora.

Bosque Mitago es la primera parte de una serie de novelas, escritas por el autor inglés Robert Holdstock, en las que los elementos del folklore británico toman vida insospechada en las profundidades de los bosques primigenios, apenas hollados por el ser humano. La idea subyacente a toda la saga es que existen lugares en los que la naturaleza, en contacto con la memoria ancestral hereditaria, puede dar nueva vida a personajes que la historia o la leyenda han tildado de héroes, y recrear espacios que han pasado a los cantares de gesta como mágicos o míticos. Esto da acceso, evidentemente, a un caudal de historias y personajes extensísimo, que Holdstock desgrana lentamente a lo largo de sus libros, centrándose en esta primera entrega en los mitos celtas de la antigua Bretaña, y mencionando apenas de pasada otras posibilidades como la figura siempre enigmática de Robin Hood, el rey Arturo o incluso el soldado desconocido que, en la Primera Guerra Mundial, guiaba a los soldados extraviados a la relativa seguridad de la trinchera. ¿Y cómo contar todo esto? En un acercamiento inteligente, casi inevitable, entrelazando tan rico contenido mítico a la simple historia de un hombre. O de dos, o de tres. Y, por supuesto, a la de una mujer.

Steven Huxley es un ex-combatiente de la Segunda Guerra Mundial que vuelve, tras el fin de la guerra y un periodo de convalecencia en Francia, a su lugar de nacimiento, Refugio del Roble, una casa en el lindero de un bosque donde no recuerda precisamente haber sido feliz. La razón es el temprano y progresivo distanciamiento de su padre, a medida que éste avanzaba en oscuras investigaciones que lo mantenían durante épocas cada vez más largas fuera de casa, perdido en el bosque. El tercer vértice de este triángulo desdichado es Christian, el hermano mayor, que, tras la muerte del padre, ha continuado tales investigaciones, encontrándolo Steven en un estado casi idéntico de obsesión enajenada.

Christian parte hacia el bosque, tras una breve reconciliación, y Steven, en sus días solitarios en Refugio del Roble, no tarda en notar extraños síntomas de actividad sobrenatural... A medida que el Bosque Ryhope empieza a interactuar con su memoria inconsciente, que conserva, por su mera procedencia británica -y ésta es la hipótesis discutible, casi racista, en la que se basa todo el entramado fantástico del libro- todos los elementos míticos del folklore británico: sedimento tras sedimento de personajes y leyendas, algunas incluso previas a la escritura, que han sobrevivido a la desaparición de los pueblos que las acuñaron convertidas en memoria racial.


En un nuevo giro inteligente, el autor centra todo en la aparición de una figura femenina, la princesa celta Guiwenneth del Bosque Verde (¿Guinevere... Ginebra?), mitago (mito-imago) ya originado previamente por las memorias de George y Christian Huxley, y que ahora Steven, hijo del primero y hermano del segundo, ve aparecer en el bosque, primero como una presencia furtiva, pronto familiar... para caer, como ya hicieron sus parientes, rendidamente enamorado de ella. Y, por supuesto, para perderla poco después, secuestrada por su hermano y llevada a las profundidades del bosque, que, en la segunda mitad de la novela, se revela como un reino inmenso, casi infinito, no sometido a las leyes del tiempo y el espacio (y, en ese sentido, mucho más grande por dentro que visto desde fuera), que Steven tendrá que recorrer en pos de su amada.

Como se puede ver, sobre el exuberante fondo fantástico, la novela plantea una historia elemental, un drama clásico de relaciones familiares problemáticas, agravadas por la presencia de un amor en disputa. Un drama shakesperiano, casi, que dota de carne y sangre a una historia que salva así el riesgo de caer en la mera exposición erudita de historias y leyendas, y que se revela como el elemento esencial, en el fondo, de la tremenda capacidad de enganche emocional de esta historia que, adelanto, no se puede concluir sin la vista emborronada por las lágrimas.

Entre los peros, un estilo descuidado, poco o nada literario, casi negligente, que recrea de manera a veces enojosa la oralidad -¡¡esos signos de admiración, por Dios!!... También, la parte en que Steven explora el reino es más tediosa de lo que cabría esperar, con una descripción a menudo meticulosa de cada mínimo cambio en el paisaje que acaba agotando la paciencia; un elemento común, en todo caso, a tantas grandes historias sobre viajes, que para ser realmente eficaces deben conseguir que el lector, en cierto modo, comparta el cansancio y el polvo del camino.

Por lo demás, Bosque Mitago es una lectura irresistible, originalísima, una respuesta audaz al agotamiento de tantos y tan manidos universos fantásticos de manual que acude, en cambio, a las fuentes más clásicas y tradicionales para crear un nuevo y personalísimo mundo. Como se suele decir (y como seguramente pensaron muchos escritores tras su publicación, en 1984), teníamos la respuesta delante de nuestras narices, y no supimos verla. Un World Fantasy Award premió en 1982 al relato a partir del cual Holdstock desarrolló la novela (que sin embargo, incomprensiblemente, quedó sin su propio premio). Posteriormente Holdstock amplió su universo en las novelas y colecciones de relatos Lavondyss, The Bone forest, The Hollowing, Merlin's Wood y Gate of Ivory, Gate of Horn. En 2009 publicó Avilion, primera secuela "real" de Bosque Mitago: una especie de reinicio de la saga... que quedó truncada con su muerte, pocos meses después.

Puede que las últimas páginas del libro se lean con dificultad, el lector anticipando la despedida y la pérdida de tan mágico mundo que ha habitado con placer y dolor, las últimas palabras borrosas por las lágrimas... Pero nos queda el consuelo de saber que, tras el muro de fuego levantado por aquellos que hablan con las llamas -y que un día, dice la leyenda, una muchacha atravesará para volver junto a su amado- espera el reino de Lavondyss, lleno de maravillas desconocidas, donde los hombres escapan a la dictadura del tiempo...

Búsquenme allí.



domingo, 17 de junio de 2012

Whisky & Nueva York (Julia Wertz)



Resulta curioso pensar (ah, no, que eso es en la otra ventanilla) que generaciones posteriores a la nuestra, que hasta hace poco sólo podíamos imaginar pimplando y moceándose -vaya dos palabros anticuados- en los parques, vayan encontrando su voz en los medios de comunicación (resulta curioso pensarlo cuando uno, ay, todavía se cree un jovenzuelo, aunque ya peine numerosas canas). Precisamente un medio óptimo para ese precoz acceso al discurso público es el cómic, cuya inmediatez y esencia pop (por mucho que hoy día haya suficientes obras maestras del género como para ser tomado en serio por los más sesudos críticos) lo convierten en el perfecto vehículo de expresión de esas voces que aún se están modulando, y que frecuentemente, en su ingenuidad o su pasión o su rabia, nos recuerdan tanto todo aquello que el tiempo nos ha arrebatado.

"Drinking at the movies" (título original de este libro) es una obra, perdonen por el tópico, absolutamente refrescante. Ése es su valor absoluto, uno nada desdeñable, aunque la autora apenas cuente veintitantos años y nos saque por tanto décadas (sigh) de ventaja en el empeño de mantenernos vivos. Es, también, una obra ganadora de un premio Eisner, por tanto de un cierto empaque. Pero es, sobre todo, una lectura divertidísima, carcajeante y vitalista, pese a su -ocasional- fondo amargo y el tono de autoconmiseración que Julia Wertz usa para narrarnos la vida de... sí, de Julia Wertz.

Julia & Julia
Y es que este libro, sucesión de historias breves -apenas una tosca evolución del clásico formato de la tira cómica- es algo así como el diario personal que Julia Wertz escribió en el periodo de un año y pico (entre principios de 2007 y finales de 2008) con motivo de su traslado desde su San Francisco natal a la Babilonia por excelencia: Nueva York. Todo un rito de madurez para todo joven norteamericano que quiera hacer algo con su vida, que, en manos de la señorita Wertz (no puedo evitar la tentación, tras compartir sus desventuras, de llamarla simplemente Julia) se aleja todo lo posible de los tópicos sobre el sueño americano para narrarnos una deliciosa, casi irresistible comedia de desastres cotidianos.

Cuántos no nos sentiremos identificados con esta secuencia...

Julia es torpe. Es despistada hasta el punto de dejarse olvidadas las llaves dentro de casa tres días de la misma semana. Es desaliñada, absolutamente refractaria a cualquier dictado de la moda, con una actitud grunge más propia de, ejem, generaciones anteriores. Es malhablada, perezosa, incordiante, con dos pies izquierdos y una proverbial tendencia a que la tostada se le caiga, siempre, por el lado de la mermelada. Cambia de trabajo y de apartamento con más facilidad que, ejem, de ropa interior. Y es, además... alcohólica (si bien hay que dejarlo muy claro: ÉSTE NO ES UN CÓMIC-PROGRE-TESTIMONIO SOBRE EL ALCOHOLISMO -menuda pereza sólo de pensarlo- sino un cómic de humor en el que su protagonista bebe "un poco más de lo conveniente", lo que le origina una serie de problemas que caen también bajo el tono general de comedia ligera que recubre gozosamente toda la obra).

Julia y sus trabajos. Y yo me quejo...
Y Julia, también, es encantadora. Supongo que es fácil crear un personaje tan humano cuando su creadora, en cierto modo, sólo tiene que mirarse al espejo (buscándose siempre, inefablemente, el perfil malo). Pero aún así es reseñable lo viva que está su pequeña copia, la vida que de hecho insufla ese feo monigote a estas páginas afortunadas. Uno acaba un poco enamorado de un personaje así, una mujer-desastre, tan poco icónica (o tan icónica, en cambio, de ciertos valores intemporales de cierta juventud en los que aún -¡aún!- resulta fácil reconocerse), frágil e irrompible a un tiempo, tendente a la autocompasión pero inasequible al desaliento, independiente y amiga-de-sus-amigos... pero, sobre todo, una mujer que sabe reírse (a veces implacable, casi cruelmente) de sí misma.

Y que nos invita a reirnos con ella a base de desvergüenza, desprejuicio y tantas cosas que empiezan por -des... Invitación que he aceptado gustosamente en esta primera obra "seria" de Julia Wertz que, espero, no tarde en tener continuidad con las andanzas de una Julia ya convertida en neoyorquina de pleno derecho, dibujante de cómics de éxito, abstemia a la fuerza y sobre todo, siempre, gozoso desastre con patas.

http://www.juliawertz.com/

jueves, 14 de junio de 2012

Con V de Vradbury


Llevo unos días postergando la obligación de escribir unas líneas al hilo de la muerte de Ray Bradbury, como han hecho ya mis más cercanos amigos y compañeros de generación literaria (signifique ello lo que signifique, y precisamente, si hay algo que nos une aun a estas alturas de nuestra particular diáspora como creadores, es acogernos bajo el paraguas tornasolado del gran poeta marciano). Bradbury significó muchísimo, todo, para nosotros. Me arrogaré el mérito de su descubrimiento (siempre hablando de nuestro pequeño, casi triste grupo de postulantes a escritores en aquellos ya remotos mediados de los 90), con la compra de un ejemplar de "Crónicas marcianas" en una de aquellas librerías especializadas en nuestros géneros (los géneros, cómo no, de la imaginación) que comenzábamos a frecuentar en aquellos, también, primeros periplos madrileños (en aquella época irrepetible en que de hecho, para nosotros, todo eran comienzos). Fue una compra impulsiva y desinformada, guiada no por un conocimiento del autor que en aquel entonces no ostentaba, sino en el aire misterioso y un tanto atemorizador de la excelente portada de la edición de Minotauro (ese paisaje familiar y extraño a un tiempo, una casa del medio oeste americano teñida de rojo marciano y atisbada desde el ojo de buey de un cohete), unida al vago recuerdo de algunas escenas de la versión televisiva que la BBC dedicó a este libro, una de las obras cumbre de la literatura del siglo XX. Esas escenas mal evocadas me comunicaban la misma sensación, de extrañamiento y temor contenido, que la portada antedicha y el primer vistazo apresurado a una prosa que pronto se me haría consustancial, epidérmica, vistiendo en adelante mis más tempranos intentos de esbozar algo digno sobre el papel en blanco.

El resto, como se suele decir, es historia. Bradbury supuso una explosión, quizá no la primera (años antes había sufrido enamoramientos similares con autores como Lovecraft o Machen), pero sí la que inauguró aquella época en la que al afán de emulación -de pertenecer a la rara y orgullosa casta de los escritores- se unía una naciente conciencia literaria, el precoz descubrimiento de unas armas de escritor que comenzaban a dar la talla para expresar, siquiera toscamente, el contenido de nuestras visiones. En otras palabras, Bradbury no fue el primer escritor al que quisimos imitar: fue el primer escritor que quisimos ser.

Bradbury, como he dicho, lo era todo. Sus ficciones poéticas, maravillosamente escritas, suponían una reivindicación apasionada, no contaminada por ningún ceño adulto, de tantas cosas que en aquel entonces nos ardían dentro: nuestro gusto marginal -y por tanto llevado a gala, con orgullo- por el tan maltratado género fantástico (que, con el descubrimiento de Bradbury, quedaba automáticamente dignificado, validado incluso desde el más exigente criterio literario), nuestra resistencia pertinaz a crecer, nuestra temprana sensación de pérdida, nuestras comunes infancias de niños solitarios acostumbrados a mirar cabizbajos al suelo o esperanzados a las estrellas, pero nunca, nunca, a la realidad de frente...
Ilustración para "Vendrán lluvias suaves", mi relato favorito de Brabdury
En Bradbury encontramos toda la maravilla y todo el espanto, todo el horror y toda la esperanza, toda la melancolía y la nostalgia y la pérdida que éramos capaces de albergar en nuestras existencias aún jóvenes, neófitas en las artes de la tristeza. Junto a Bradbury militamos en el rechazo vehemente a la vulgaridad y la falta de imaginación, la severidad estéril y la conducta funcionarial que tantas veces caracterizan la edad adulta, pero que el propio Bradbury nos enseñó, con su perenne ejemplo, no es en absoluto condición necesaria para aquellos que cumplen (cumplimos) ya demasiados años. Nunca antes habíamos sentido tal identificación con un autor, y así, Bradbury se convirtió en nuestro santo y seña, hasta el punto de nombrar con su nombre (modificando la primera letra según la inicial del café de barrio en el que nos reuníamos) imaginarios clubes de escritores a los que entonces nos enorgullecíamos de pertenecer.

Bradbury nos concedió, también, nuestro primer aura de respetabilidad extramuros, permitiéndonos la entrada a las tertulias literarias de mayores, donde lo esgrimíamos a modo de autor-tótem frente a los Grandes-y-Recurrentes-Nombres-Escritos-con-Letras-de-Oro-en-la-Historia-de-la Literatura (esto debe de tener alguna sigla) con los que, desde sus -imaginarios- atrios, nos bombardeaban nuestros serios y barbados interlocutores (si bien siempre hubo quien miraba con condescendencia nuestros gustos, considerándolos, como mucho, pecadillos de juventud). Y es cierto, en ese sentido, que, como sucedió con Julio Cortázar (otro autor muy distinto pero a cuyo entusiasmo vital y sentido de la maravilla es fácil asimilarlo) Bradbury cayó rápidamente, aun por nuestra parte, bajo la sospecha de lo facilón, de ser apenas una primera etapa en nuestro descubrimiento de Lo Literario, a medida que nuestras afinidades lectoras se iban haciendo más sofisticadas y, casi siempre, decadentes (a medida que nos crecían las barbas, igualmente imaginarias, que nos fueron convirtiendo en lectores solemnes y pretenciosos, adultos).

Así, yo, por ejemplo, no tardé en abandonar los escenarios de Bradbury, llenos de maravilla y encanto elemental, por los apocalípticos paisajes mentales de un mucho más oscuro -y sofisticado- Ballard... Y algo similar les sucedió a los demás, supongo (si bien hoy día algunos recuperamos con desvergüenza y orgullo friki -tras dejar atrás tantas inseguridades de nuestra adolescencia literaria- algunos de nuestros más queridos iconos de juventud, ya sean las batallitas espaciales con profusión de láseres o los superhéroes pijameros en su vertiente sombría). Pese a ello (o quizá por ello) Bradbury pervive en nosotros como un mito común, un recuerdo con aires de infancia, un primer amor afortunado-y-perdido que nunca se olvidará. Vayan estas modestas líneas como un tributo personal a quien significó tanto para nosotros. Ese autor extraordinario, esa persona extraordinaria que nos hizo (querer) ser un poquito mejores.






domingo, 13 de mayo de 2012

Los arácnidos (Félix J.Palma)

Félix J.Palma es un abusón. El jovenzuelo insolente y talentoso al que pronto el estrecho mundillo de la ci-fi española se le quedó corto, y que luego, siguiendo los pasos de su admirado Cortázar, se convirtió en primera figura del cuento en español llevándose de calle todos los premios habidos y por haber, es hoy además un novelista de éxito popular que ha hecho realidad el sueño de tantos: escribir lo que le viene en gana (a día de hoy, inverosímiles novelones de taitantas páginas como "El mapa del tiempo" y "El mapa del cielo") y vender de ello una considerable cantidad de ejemplares, que le grangean contratos con editoriales grandes y lo arriman peligrosamente a esa escurridiza etiqueta del best-seller. Para ello, Palma se apoya en sus condiciones de siempre, ya puestas de manifiesto en sus antiguos relatos de "El vigilante de la salamandra" o en la primeriza pero excepcional novela "El amante de vidrio": una insultante facilidad para la prosa gustosa, juguetona y rica en hallazgos expresivos; una auténtica pirotecnia verbal que se despliega ante los ojos del lector para deslumbrarle con la narración de lo que, frecuentemente, son auténticas naderías, bagatelas sin mayor recorrido.

Palma, en sus años mozos
Hubo un tiempo en que quise escribir como Palma. Es más, Palma (junto con Juan Bonilla, otro gaditano de la misma quinta y similares armas literarias) era mi modelo de escritor, cuando uno empezaba a darle a esto de la palabra con ingenuidad y escaso pudor. Contribuía a ello, seguramente, una cuestión generacional: en aquel entonces Palma y Bonilla eran escritores de treinta y pocos años- por tanto muy cercanos a la edad y experiencias de uno mismo- que sembraban sus historias, siempre exquisitamente redactadas (y el afán formalista es una tentación ineludible para todo escritor en sus comienzos) de jovenzuelos atolondrados, dotados de un sentimentalismo agridulce (más agrio en Bonilla, más dulzón en Palma), una propensión precoz a coleccionar derrotas de juguete, y una tendencia fatal a confundir literatura y
Bonilla, ídem de ídem
realidad de la que hacen gala y con la que tratan de abrirse paso en un mundo frecuentemente incomprensible (al que Palma añade, a menudo, elementos fantásticos que complican aún más la mezcla, pero que a veces se erigen en inesperadas y bienvenidas soluciones al eterno problema de estos outsiders de papel: la inadaptación). Imposible no identificarse con ellos, ni adorar y tratar de emular a sus autores, que uno tenía encumbrados en un panteón algo pop (pero no mucho, no se trata de Ray Loriga y Benjamín Prado -o Kiko Amat y Javier Calvo, si hablamos de tiempos más recientes-, sino de dos buenos chicos de provincias con ganas de decirnos con sus cuentos que la realidad puede ser algo más si la mirada que la sostiene está enferma de literatura).

Desde entonces, uno ha aprendido mucho como lector (y algo como escritor), y ahora es inevitable relativizar esa adoración casi adolescente, casi de carpeta forrada con fotos de ídolos musicales que pocos años después nos avergonzaría reconocer. Pero aún hoy me resulta fácil asomarme a los libros de estos autores con una voluntad de disfrute (si bien de Bonilla sigo esperando algo más, ese libro que quizá algún día nos regale y dé cuenta al fin de tantas promesas entrevistas en sus imperfectos, fallidos libros anteriores). Es decir: abrí estos arácnidos con el único objetivo de pasarlo bien y quizá, con ello, rejuvenecer un poco como lector. ¿Lo he conseguido?

Pues sí y no. Es indudable que ciertas deficiencias endémicas en Palma son más visibles ahora, con muchas más lecturas de todo tipo y pelaje a mis espaldas. Por ejemplo: la absoluta falta de evolución y riesgo. Todos los relatos de este libro responden al 100% al esquema narrativo que expuse más arriba, que es exactamente el mismo que caracteriza a todas las colecciones de relatos anteriores en el tiempo: El vigilante de la salamandra (1998), Métodos de supervivencia (1999) y Las interioridades (2002). Palma tiene una fórmula, que aplica implacablemente cuento tras cuento, sin permitirse el más leve atisbo de experimentación, la alegría de ensayar algún otro registro. Esto da a sus historias una marca propia y las hace altamente reconocibles, pero a la vez nos habla de un autor escasamente ambicioso y, quizá, algo oportunista, pues es dicha fórmula la que le ha dado innumerables premios (tanto a cuentos concretos como a prácticamente todas sus antologías) y con ello, cómo no, la oportunidad de vivir del cuento. Quién le culparía...

Como consecuencia, se aprecia un cierto desgaste en las historias contenidas en este libro, una falta de frescura y empuje o ganas de escibir el cuento perfecto que sí tenían sus relatos más antiguos (inevitable recordar aquel maravilloso "María Calaveras", o el vergonzantemente sentimental -pero que uno aún suscribiría palabra por palabra- "Trozos de vida al viento"). Palma industrializa su estilo para manufacturar cuento tras cuento en su cadena de montaje, y, aun en aquel ya lejano 2003, da claras muestras de agotamiento (desconozco cómo le ha ido en su más reciente libro de relatos, "El menor espectáculo del mundo", que aún no he leido). Así, esta entrega recoge historias menos inspiradas de lo habitual, en las que, quizá significativamente, el elemento fantástico (en esa escuela de fantástico cotidiano del que fue maestro Cortázar) empieza a escasear, a hacerse menos frecuente, sustituido en ocasiones por un surrealismo y un humor del absurdo que no siempre funcionan bien (eso sí, la mera comicidad de la prosa de Palma, cuando la invoca, es casi siempre exquisita).

Otro pero, al menos a estas alturas de la película, es la absoluta refracción de estas historias a la realidad. Y no estoy hablando de los elementos fantásticos, que de hecho, como dije, escasean, ni del tono levemente surrealista, sino de algo más sutil. Dicho en plata, en los libros de Palma no hay peligro de encontrarse con la verdad. Sus dramas son impostados, sus derrotas de juguete, sus victorias aún más falsas, apenas fantasías onanistas que tienen más que ver con la literatura que con la vida. Esto, que en su día me pareció un atractivo (cuando lo que buscaba al asomarme a un libro era ingresar a un mundo ampliado en sus posibilidades), ahora me resulta insatisfactorio. Alguna vez, en alguna frase de algún relato, Palma toca de refilón, en su exposición a granel de soledades, la esencia de alguna soledad real. Esto era más visible en sus relatos antiguos, como el mencionado "Trozos de vida al viento", llenos de un anhelo cuasi-adolescente, o en la frecuentemente vergonzante (e inefablemente divertida) novela "La hormiga que quiso ser astronauta", todo un canto al escritor que (perdonen la expresión) eyacula por la pluma. Aquí, en estos arácnidos, hay poco o nada de ello; apenas la fórmula de la coca-cola, impresa en cada relato, cada vez menos chispeante.

Pero, a pesar de todo... qué quieren que les diga. Sí, he disfrutado este libro, con todos los peros mencionados (y alguno más que me dejo en el tintero). Por momentos la muy visible arquitectura de estos relatos (tras tantos años leyéndolos son para mí casi transparentes) me ha recordado aquellos maravillosos tiempos de talleres literarios y dura pugna por poner en palabras cualquier nadería que se me ocurriera, cuando aún había tiempo para escribir todos los libros, y el afán de emulación me llevaba a leer fervorosamente a los autores con los que más me identificaba... Además, en sus momentos más afortunados, Palma sigue siendo irresistible, por muy poca ingenuidad lectora que le reste a uno a día de hoy. Y, qué carajo, le tengo cariño al personaje, para qué negarlo. Aunque mis miras vayan hoy por otros derroteros (por otras derrotas más australes, contadas con dulce acento rioplatense), sigue siendo uno de los autores a cuyos pechos, con perdón, quise aprender el oficio.

En fin, las historias de Palma seguirán acompañándome, suavizándome las arrugas del alma, inyectándome el bótox de la ingenuidad (lectora); hablándome de la generosidad de su autor al crear y brindarnos un mundo más ancho de miras, prestigiado por la palabra y sus fuegos pirotécnicos, donde hasta el más avezado solitario puede hallar, a la vuelta de cualquier esquina, un destino de cuento. No es poca cosa.

lunes, 30 de abril de 2012

El libro de arena (Jorge Luis Borges)


No hablaré de decepción, pero quizá sólo por el natural respeto a las vacas sagradas de esto a lo que, en el fondo, uno se quiere dedicar. Después de un primer relato magistral ("El otro"), el resto de este libro de arena me ha sabido a poco, es más, me ha sabido algo insípido. Entre ideas no particularmente sugerentes, o exploradas sin la necesaria audacia ("El Congreso", "El libro de arena"), mi lectura ha discurrido por un caudal demasiado tranquilo, demasiado parecido a la indiferencia. A ello contribuye la por lo demás irreprochable prosa de Borges, todo un ejemplo de pulcritud, serenidad y precisión, pero, para mi gusto, algo carente de sobresaltos, de nervio narrativo. El pastiche lovecraftiano ("There are more things") me ha arrancado una sonrisa, pero una vez más me hubiera gustado un mayor desarrollo. Los cuentos de sabor mítico, al estilo de las leyendas nórdicas, me parecen resultones, pero poco más. Sólo un relato, además de "El otro", me ha maravillado: "Utopía de un hombre que está cansado", toda una joyita de ciencia-ficción poética e intimista, con unos presupuestos filosóficos a los que además soy muy afín. En resumen, Borges me ha parecido, en este primer -y tardío- acercamiento, un escritor "para bibliotecarios" (obsérvese la ironía); sus cuentos son perfectos para mentes serenas, analíticas y digresivas, que gustan de hacer metafísica cómodamente acolchadas en un sofá. En la eterna dicotomía Borges-Cortázar, me sigo quedando con el de Bruselas; quizá es que para mí la literatura ha de llevarme en volandas como una montaña rusa, no como un tranquilo tren de provincias. Con todos los respetos.

Cadáver exquisito (Pénélope Bagieu)


¿Un ejemplo de chick lit ("un género de la novela romántica escrito y dirigido para mujeres jóvenes, especialmente solteras, que trabajan y están entre los veinte y los treinta años" -de nuevo wikipedia dixit) en formato cómic? La portada y el dibujo en general, así como el protagonismo absoluto de personajes femeninos, así parece indicarlo. Este primer largo de la jovencísima autora francesa Pénélope Bagieu comienza mostrando interesantes cualidades: un indudable nervio narrativo, pleno de vitalismo nada ramplón, y unos personajes llenos de matices a los que el dibujo, sencillo pero muy expresivo, confiere vida y realidad. La protagonista es una joven de hoy día, más bien corta de miras, refractaria a todo lo que suene a cultura y confiada en abrirse paso a base de encantos femeninos; una auténtica antiheroína, como se ve, que
sin embargo se hace enternecedora a base de una cierta candidez esencial, que la lleva a enamorarse de un extraño escritor que vive recluido en su casa, combatiendo un bloqueo literario que llegará a su fin con la irrupción de esa muchacha malhablada y desbocadamente sexual en su vida. Hasta aquí podría parecer una plasmación de mis anhelos, una historia de bartlebies impenitentes y musas insospechadas, corramos un tupido velo. Lo malo (lo malo para mí, entiéndaseme bien) es que hay una intriga, totalmente innecesaria, que acaba malvendiendo el misterio de ese escritor huraño, narcisista y de ego quebradizo, que me era mucho más simpático (y, debo admitirlo, reconocible) cuando su encierro parecía un síntoma de misantropía o de miedo a la vida. Lo peor, que esa intriga acaba en un final demagógico y feminista, que desprecia las mejores posibilidades de esta historia hasta entonces tan humana y naturalista, sencilla y pegada a ras de vida. Pero a pesar de todo no deja de ser una lectura sumamente entretenida que se lee con una sonrisa en los labios, la simpatía de asistir a una pequeña comedia humana a la que no le faltan ambigüedades, alquimias y alguna que otra dosis de verdad. 


La Bagieu. Me estoy haciendo devoto de las autoras francesas...

 

Severina (Rodrigo Rey Rosa)

El arte de la novela corta es elusivo, difícil, muy similar al del relato. Se trata de podar casi todo salvo lo esencial, y aun esto contarlo de manera velada, como en sordina. Algo así sucede en esta novela, perfectamente inocua, que da para dos tardes de lectura vagamente entretenidas. La idea de partida -un librero que se enamora de una ladrona de libros- resulta simpática, como simpático es el tono y la ligereza con que se cuenta la mayor parte de la historia, que pretende caminar por los derroteros del delirio amoroso, pero que en mi opinión se queda apenas en enajenación transitoria. Algunas ideas levemente sugeridas -como la existencia de una peculiar cofradía de seres que viven únicamente "por y para los libros", o el iluso enamoramiento preñado de literatura al que, ay, somos tan proclives los letraheridos- despiertan un poco el interés, pero todo ello está apenas apuntado, como contado con pudor, siguiendo esa máxima literaria -con la que nunca estuve de acuerdo- del "menos es más". Quizá es que necesito algo más de carne en las historias que pasan delante de mis ojos, porque si no se me desvanecen entre los dedos. Aunque sé que en esto voy contracorriente. Así las cosas, no soy capaz de decidir si he leido un buen libro o no. Lo que sé es que lo olvidaré en cuanto lo guarde en mi estantería.

Las fuentes perdidas (José Antonio Cotrina)

Concluyo agotado y maltrecho, casi tanto como los protagonistas, esta odisea por el mundo oculto, 350 páginas que, como a veces sucede, han semejado ser muchas más, desplegándose a lo largo de meses de lectura inconstante, necesitada de frecuentes descansos. Así de tremebunda es la cosa. La novela de Cotrina es casi irreprochable, pero peca por exceso: todo es demasiado tremendo, los personajes son tironeados de una a otra aventura hasta llevarlos al límite de sus fuerzas... Es como, perdonen la comparación más que friky, un episodio de Los Caballeros del Zodiaco: después de cada combate, tras perder litros y litros de sangre, el personaje se pone en pie y corre hacia el siguiente enfrentamiento, aún más terrible. En fin, respirando hondo y recuperando el resuello, puedo hablar de las virtudes de esta novela, fundamentalmente la visión riquísima de un mundo oculto que, si bien hecho de múltiples influencias, consigue sonar realmente original. Me gusta particularmente el matiz tenebroso que le da Cotrina, poblándolo de entidades terroríficas, panteones oscuros, nigromantes que parecen supervillanos de cómic, magia de la sangre... Todo ello conforma un sentido de la maravilla de brillos más bien sombríos y filiación barkeriana (por Clive Barker), pero no menos deslumbrante. Junto a esto, cabe destacar el plantel de infortunados personajes a los que Cotrina maltrata con sadismo de autor omnipotente y más bien malaleche; entre ellos, el descubrimiento de ese Delano Gris que supera la inicial e inevitable comparación con John Constantine (¿un John Constantine a la vitoriana?) para acabar desarrollando una identidad propia y fascinante. En resumen, un viaje duro y desapacible por un mundo oscuro poco hospitalario, en el que sentirán el sabor del polvo del camino (y, a menudo, de la sangre en los labios) a cada kilómetro de horrores y maravillas sin fin.