Concluyo agotado y maltrecho, casi tanto como los
protagonistas, esta odisea por el mundo oculto, 350 páginas que, como a
veces sucede, han semejado ser muchas más, desplegándose a lo largo de
meses de lectura inconstante, necesitada de frecuentes descansos. Así de
tremebunda es la cosa. La novela de Cotrina es casi irreprochable, pero
peca por exceso: todo es demasiado tremendo, los personajes son
tironeados de una a otra aventura hasta llevarlos al límite de sus
fuerzas... Es como, perdonen la comparación más que friky, un episodio
de Los Caballeros del Zodiaco: después de cada combate, tras perder
litros y litros de sangre, el personaje se pone en pie y corre hacia el
siguiente enfrentamiento, aún más terrible. En fin, respirando hondo y
recuperando el resuello, puedo hablar de las virtudes de esta novela,
fundamentalmente la visión riquísima de un mundo oculto que, si bien
hecho de múltiples influencias, consigue sonar
realmente original. Me gusta particularmente el matiz tenebroso que le
da Cotrina, poblándolo de entidades terroríficas, panteones oscuros,
nigromantes que parecen supervillanos de cómic, magia de la sangre...
Todo ello conforma un sentido de la maravilla de brillos más bien
sombríos y filiación barkeriana (por Clive Barker), pero no menos deslumbrante. Junto a esto, cabe destacar el
plantel de infortunados personajes a los que Cotrina maltrata con
sadismo de autor omnipotente y más bien malaleche; entre ellos, el
descubrimiento de ese Delano Gris que supera la inicial e inevitable
comparación con John Constantine (¿un John Constantine a la vitoriana?)
para acabar desarrollando una identidad propia y fascinante. En resumen,
un viaje duro y desapacible por un mundo oscuro poco hospitalario, en
el que sentirán el sabor del polvo del camino (y, a menudo, de la sangre
en los labios) a cada kilómetro de horrores y maravillas sin fin.
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