El autor de la serie de cómic La peor banda del
mundo sigue en esta obra, publicada en el clásico formato de tiras
diarias en un periódico, una línea absolutamente continuista, desplegando de
nuevo su universo tan personal y, a la vez, tan fácil de descomponer en
influencias palmarias. Así, Italo Calvino (el Calvino de Las ciudades invisibles), Borges y Kafka,
aliñados con unas gotas de Ballard y algunas esencias de Lem, vuelven a ser los
demonios tutelares de este catálogo de lugares exóticos y a la vez tan
reconocibles, hilados en la cháchara de un imposible agente de viajes que trata
de convencer de lo maravilloso de los destinos que oferta a un cliente
particularmente remiso. La peculiaridad de estos destinos es que hacen de lo
minúsculo e irrelevante, lo
infraordinario (como lo llamaría Georges Perec) la materia fundamental de
su maravilla, plagando estas ciudades de museos a la banalidad, estatuas al
tedio y monumentos al sinsentido. El tono es así levemente surrealista, con un
regusto metafísico, apoyado en unos textos certeros y plenamente literarios. El
dibujo engañosamente sencillo se tiñe de ocres y sepias que realzan la pesadez
de existencias basadas en el absurdo, que desfilan ante los ojos del lector con
una ligereza, a veces con una alegría, que no oculta la intención crítica del
autor, expresada en el tremebundo final cuasi bíblico. Es éste un mundo habitable, hecho de disolución y de nada, y
por tanto inefablemente seductor. Si bien le falta la rotundidad de algunos
episodios de La peor banda del mundo, esta Agencia de viajes Lemming es, al
cabo, la que a este lector le gustaría encontrar en su ciudad a la vuelta de
cualquier esquina...
Ardides para engañar al tiempo y vivir otras vidas, con muchas hojas o en tinta electrónica, y, a ser posible, con dibujitos.
viernes, 27 de abril de 2012
Signatura 400 (Sophie Divry)
Simpática nadería ("divertimento", en palabras de su autora) que se lee con
indudable agrado, por parte de una de esas jovencísimas autoras francesas a las
que estos días frecuento (literariamente, se entiende). Consiste en un extenso
monólogo que una bibliotecaria de mediana edad le endosa por las buenas a un
presunto lector que se ha quedado encerrado la noche antes en la biblioteca (lo
de presunto va porque no hay manera de
comprobar si este lector existe realmente -el libro no le da voz ni gestos salvo
los implícitos en las respuestas de la bibliotecaria a sus contados conatos de
protesta ante lo que se le viene encima- o, más probablemente, es apenas una
proyección imaginaria que inventa la funcionaria como excusa para descargarse verbalmente). Precisamente la
soledad es uno de los ejes que vertebran ese discurso apasionado, seguramente
fruto de tanta abstinencia (de nuevo verbal, pero fácilmente ampliable a todos
los ámbitos de la comunicación, también al sexual); discurso que divaga entre
mil temas, comenzando por un repaso desordenado a la historia de las bibliotecas
y las clasificaciones de libros (discurso caro a quienes estudiamos
Biblioteconomía, que leeremos con una sonrisa en los labios)... Pero que poco a
poco comienza a deslizarse hacia materias y visiones mucho más personales, hasta
adoptar, ya cerca del final, argumentos claramente surrealistas y algo
alucinados que, no tan paradójicamente, son lo más interesante del libro. Por el
camino queda el retrato de un personaje curioso, multifacético, una de esas
bibliotecarias medio enajenadas a las que no te gustaría encontrarte al final de
un pasillo oscuro entre estanterías llenas de libros, a esa hora en que la
biblioteca se vacía y no queda nadie para oir tus gritos... Exagero (pero no
tanto); también es un retrato de una fragilidad largamente sostenida, amparada y
envuelta en mil coartadas intelectuales (casi tantas como libros hay alrededor
de esta mujer sola), y relacionada, cómo no, con una necesidad de amor tan
postergada. La nada cotidiana, como esa signatura 400 que la Clasificación
Decimal Universal de Dewey deja sin utilizar, vacía de contenido, yerma; como
tantas vidas, propias y ajenas. ![]() |
| La Divry, en cuestión. Para nada la imagen arquetípica de una bibliotecaria... Prohibido enamorarse. |
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